Esta es nuestra pasión

Archivo para noviembre, 2011

Colaboración

En esta ocación ha llegado un texto muy peculiar, a ver que les parece…

Leamos.

Pensando a futuro… en pasado

Sentada sobre un banco de madera, al lado de mi vieja “maquina de escribir”, recuerdo la primera vez que te dije lo bien que me hacía sentir tu compañía.

No recuerdo qué día fue, debe haber sido uno de esos primeros domingos en que te invité a comer en mi casa; la certeza me abandona al pensar en por qué no recuerdo eso, está presente en mi memoria, solamente el hecho de que terminamos en  un cuarto acondicionado como oficina. Ahí estábamos, yo reproducía el primer cuento que escribí –aquel que habla sobre las cosas que llegan sin que uno las desee- , tú yacías cómodamente sentado en un pequeño sillón que está junto a una mesita de centro donde tengo algunos papeles con lo que he escrito.

* ¿A quién le escribes tanto? –preguntaste-

* No lo sé, tal vez a alguien que no conozco aún –respondí tranquilamente-

Noté que el olor a incienso que tanto me gustaba a ti te desagradaba, así que abrí las ventanas para que el olor pudiera escapar, después de un rato te tome de la mano y, conduciéndote a la salida, dijiste que me querías mucho. Sólo articule un ligero “gracias”, y no hablamos más del asunto durante un buen tiempo.

Me alegra saber que te sabía “mi objeto de inspiración” y no “mi objeto del deseo”, ya que, por lo menos para mí, hay una diferencia muy grande entre estos conceptos; el primero es libre y loco; el segundo es tímido y callado. Así sucedió, que bien lo has de recordar, terminamos  nuestros estudios.

Seguíamos viéndonos con frecuencia, salíamos principalmente a compartir nuestras nuevas experiencias de la vida disfrutando de una buena comida, seguida de un café. No sabes cuánto adoraba caminar por la calle “Donceles”.

* Ésta, -decías sonriendo- es nuestra calle, porque se parece a nosotros.

* ¿En qué piensas que se parece a nosotros? –pregunté-

* En que la mayoría de las veces está vacía, pero de vez en cuando se llena de gente, como cuando nuestro corazón desborda buenos sentimientos.

* Creo que tienes razón.

* Por cierto, ¿me quieres?

Siempre me sorprendió la facilidad que tienes para hacerme preguntas que no puedo contestar con prontitud.

* Supongo que sí –te dije-

* ¿Cuánto me quieres?

* No lo sé, no hay punto de comparación sobre eso.

* Tienes razón, citando a Shakespeare –dijiste- “cuan pobre es aquel amor que puede medirse”, por lo tanto, yo también te quiero, con una fascinante reciprocidad.

Regreso a la realidad, dejo atrás el banco, la tinta y el montón de papeles de aquel cuarto; subo a mi recámara y retiro los libros que se encuentran sobre mi escritorio. Detengo la mirada en uno que hace mucho tiempo me regaló un amigo y comienzo a recordar lo mucho que disfrutábamos leyendo, luego buscabas algún buen pretexto para sacarme de ahí e ir a caminar. Nunca supiste por qué no me gustaba que me tomaras del brazo o de la mano mientras caminábamos, tal vez algún día lo sabrás.

Y así nos fuimos haciendo viejos de cuerpo, sabios, felices y, ¿para qué negarlo?, también nos hicimos jóvenes de corazón. Ahora ambos vivimos de lo que nos gusta hacer, y el que yo lo haga, se debe en gran medida a ti; porque, cuando te decía:

* Esto no es para mí, será mejor buscar otra forma en qué gastar mi tiempo.

* ¡No digas eso! –me reprendías- ¡sigue tu camino!, sigue escribiendo, aunque sea sólo… para mí.

Sucedió como lo dijiste. Nos seguimos preparando para la vida, juntos, y, aunque no nos gustaba discutir, a menudo lo hacíamos; nunca terminaste de comprender mi misticismo y yo nunca pude comprender de todo tu modo objetivo de ver las cosas. Aún seguimos siendo muy diferentes, tal vez más que al principio, pero ya no me enojo contigo como antes; por ejemplo, cuando al ir manejando tu para llevarme a algún lugar, escuchabas música y seguías el ritmo con tus pies; te regañaba y te decía “recuerda que los hombres no pueden hacer varias cosas a la vez”, luego, cuando te dignabas a mirarme y volteabas, posaba mis ojos en los tuyos, a la vez que te cantaba esa canción que escuchábamos; tú, con una sonrisa olvidabas el regaño.

* ¿Por qué siempre me regalas rosas en mi cumpleaños, cuando a mí me gustan los alcatraces? –me preguntaste una vez-

* Porque eres para mí lo que yo sé de ti y tú no sabes.

* ¿Qué soy para ti?

* Una piedra. A veces incandescente, a veces fría, preciosa o simple; siempre has sido como quieres ser, eso es lo que sé de ti. ¿Qué soy para ti?

* Una flor. Frágil, sabia, imperecedera en la mente de los hombre, inspiración y lozanía. Y si yo siempre fui para ti como una piedra, de esas que forman la Tierra, entonces, tú has estado adornándome todo este tiempo con tu presencia, al ser la flor que crece sobre mí.

No atine a decir nada… cuando no hay nada que decir, el silencio siempre es mejor.

Mi felicidad más grande en todos estos años –o por lo menos algo que se asemeja a una verdadera felicidad- ha consistido en disfrutar de los martes y jueves de cada semana, principalmente sus noches, en las que salimos a caminar y a leerte algunas cosas que escribo, sólo para ti.

Y ahora que me surge una oportunidad para llegar lejos, alto, tan alto como alguna vez soñamos llegar juntos, cuando firmamos con un solo beso y un profundo silencio ese contrato invisible en el cual yo sería tu ángel salvándote de tus pecados, y tu, mi demonio, incitándome a reconstruir el mundo a mi antojo; no sé que hacer. Me voy lejos de ti.

Hablando de esas noches de martes y jueves, puedo decir que no había momento en que estuviéramos más cerca, a pesar de estar separados unos metros y una vida de experiencias; hablábamos de nuestros triunfos y fracasos en el amor, cada quien por separado.

Ahora, como siempre te lo dije, debo seguir viendo hacia delante. Debo terminar esta carta y arreglarme para salir a verte, es jueves, y la cita es en una hora. Tendré que buscar otro texto, uno alternativo a éste, uno que te haga reír, llorar y sentir; porque tal vez no pueda leerte esto que escribo, así como nunca pude decirte “te quiero”. 

Salgo de casa con una sonrisa,  como esas que acostumbro a tener cada que te veo, tal vez no te lo diga el día de hoy, posponiéndolo para dentro de unos años, en que te conozca más -si eso es posible-, por lo pronto, tendré que conformarme con pedirte que no te alejes de mi.

MAYRA

Anuncios