Esta es nuestra pasión

Texto a exponer

Colaboración

Indagando por ahí me encontré con esto que a mi parecer es un texto muy singular, tiene mucho de verdad, leamos…

Defendiendo mis poemas; se les acusa de no ser… Yo sé que existen

Mis poemas son amorfos, les falta un ojo, digo que son míos pero no son; porque nacen solos, y se van como cualquier hijo a buscar su lugar en medio de un libro; de uno que todavía no existe. Me hago llamar poeta, pero si tú no quieres llamarme así, porque no tengo un título en filosofía que me acredite, no me llames así. Eso sí, puedo decirte que a mí, no me hizo poeta una escuela o un hombre me enseño a serlo, yo nací y crecí poeta… Balbuceaba y era poesía para los que me entendían; porque mi madre me amantaba con leche de letras -como la sopa-, porque mi padre me engendro después de leer las estrellas.
Desde entonces hago poemas, y si alguna vez llegas a leer alguno; a ellos si los respetas los llamaras como tal…
Esto podría ser poesía, yo digo que lo es ¿Por qué quien eres tú para decir lo que es y lo que no? Tus formas, tus medidas, alguien se las invento un día; como la moral y la religión. A quienes inventaron reglas ¿quién les dijo que así se hacía poesía? Hacer poesía es como hacer el amor. Que yo sepa no hay escuelas que te enseñen a hacer el amor; es instintivo, empírico… y perdonen mi vulgaridad, pero hasta en el momento del amor hay cambios de posición. ¿Por qué no cambiar la forma de un verso? Yo no lo digo por mí, lo digo por algunos que siguen la métrica, que cuentan las silabas, letra por letra, línea por línea; eso es poesía y no señores poetas; también son matemáticas básicas… Yo no cuento silabas, yo cuento cuentos, vidas.
No digo que sea correcto lo que hago y que me sigan, al contrario aléjense de mis poemas porque son homicidas. Y yo no quiero un rebaño correteando mi sombra. Sólo Yo y Ella, quien quiera que sea Yo, y quien quiera que sea Ella los y nos entendemos… Pero no los crítico-poetas, porque ellos siempre les y nos encontraran un defecto…
Sé que en algún lado siempre tendré una falta de ortografía; al hablar o escribir no hay diferencia conmigo. Repito mucho las conjunciones, la y, o, la o, y, la u, o, la e; la a. A veces las confundo con las vocales. El abecedario es muy extenso, pero puedo presumir que lo sé todo, y que la única letra que desconozco es la X cuando se trata de ecuaciones literarias; el resultado es una parábola extraña que ya esperaba, es un presagio. Y si hago presagios tal vez no soy poeta, soy profeta de lo que nunca ocurrió. Ya te habrás dado cuenta, que no distingo los tiempos, por eso lo que digo que hare, tal vez sea un recuerdo de lo que quise hacer.
Mi metáfora es tan simple que parece un enigma sorprendente, nunca busques un significado alternativo, mi metáfora es literal y a veces no tiene rima o ritmo. Aprendo palabras extrañas al momento de escribir, como aquella que repito mucho: “Mujer” verdad que tengo razón, es una palabra tan extraña que todos quieren lucirse con ella. Hablando de palabras me doy cuenta, que todas las palabras las repito, que mis poemas siempre son los mismos. El de ayer es el de hoy, el de hoy será el de mañana, y el de mañana es el que escribí en mí infancia.
Quien diga que Yo no soy poeta y que no hago poemas, que arroje la primera letra… Pero en su propia hoja, porque está ya se encuentra llena.Autor: Armando Amador Rodriguez
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Colaboración

En esta ocación ha llegado un texto muy peculiar, a ver que les parece…

Leamos.

Pensando a futuro… en pasado

Sentada sobre un banco de madera, al lado de mi vieja “maquina de escribir”, recuerdo la primera vez que te dije lo bien que me hacía sentir tu compañía.

No recuerdo qué día fue, debe haber sido uno de esos primeros domingos en que te invité a comer en mi casa; la certeza me abandona al pensar en por qué no recuerdo eso, está presente en mi memoria, solamente el hecho de que terminamos en  un cuarto acondicionado como oficina. Ahí estábamos, yo reproducía el primer cuento que escribí –aquel que habla sobre las cosas que llegan sin que uno las desee- , tú yacías cómodamente sentado en un pequeño sillón que está junto a una mesita de centro donde tengo algunos papeles con lo que he escrito.

* ¿A quién le escribes tanto? –preguntaste-

* No lo sé, tal vez a alguien que no conozco aún –respondí tranquilamente-

Noté que el olor a incienso que tanto me gustaba a ti te desagradaba, así que abrí las ventanas para que el olor pudiera escapar, después de un rato te tome de la mano y, conduciéndote a la salida, dijiste que me querías mucho. Sólo articule un ligero “gracias”, y no hablamos más del asunto durante un buen tiempo.

Me alegra saber que te sabía “mi objeto de inspiración” y no “mi objeto del deseo”, ya que, por lo menos para mí, hay una diferencia muy grande entre estos conceptos; el primero es libre y loco; el segundo es tímido y callado. Así sucedió, que bien lo has de recordar, terminamos  nuestros estudios.

Seguíamos viéndonos con frecuencia, salíamos principalmente a compartir nuestras nuevas experiencias de la vida disfrutando de una buena comida, seguida de un café. No sabes cuánto adoraba caminar por la calle “Donceles”.

* Ésta, -decías sonriendo- es nuestra calle, porque se parece a nosotros.

* ¿En qué piensas que se parece a nosotros? –pregunté-

* En que la mayoría de las veces está vacía, pero de vez en cuando se llena de gente, como cuando nuestro corazón desborda buenos sentimientos.

* Creo que tienes razón.

* Por cierto, ¿me quieres?

Siempre me sorprendió la facilidad que tienes para hacerme preguntas que no puedo contestar con prontitud.

* Supongo que sí –te dije-

* ¿Cuánto me quieres?

* No lo sé, no hay punto de comparación sobre eso.

* Tienes razón, citando a Shakespeare –dijiste- “cuan pobre es aquel amor que puede medirse”, por lo tanto, yo también te quiero, con una fascinante reciprocidad.

Regreso a la realidad, dejo atrás el banco, la tinta y el montón de papeles de aquel cuarto; subo a mi recámara y retiro los libros que se encuentran sobre mi escritorio. Detengo la mirada en uno que hace mucho tiempo me regaló un amigo y comienzo a recordar lo mucho que disfrutábamos leyendo, luego buscabas algún buen pretexto para sacarme de ahí e ir a caminar. Nunca supiste por qué no me gustaba que me tomaras del brazo o de la mano mientras caminábamos, tal vez algún día lo sabrás.

Y así nos fuimos haciendo viejos de cuerpo, sabios, felices y, ¿para qué negarlo?, también nos hicimos jóvenes de corazón. Ahora ambos vivimos de lo que nos gusta hacer, y el que yo lo haga, se debe en gran medida a ti; porque, cuando te decía:

* Esto no es para mí, será mejor buscar otra forma en qué gastar mi tiempo.

* ¡No digas eso! –me reprendías- ¡sigue tu camino!, sigue escribiendo, aunque sea sólo… para mí.

Sucedió como lo dijiste. Nos seguimos preparando para la vida, juntos, y, aunque no nos gustaba discutir, a menudo lo hacíamos; nunca terminaste de comprender mi misticismo y yo nunca pude comprender de todo tu modo objetivo de ver las cosas. Aún seguimos siendo muy diferentes, tal vez más que al principio, pero ya no me enojo contigo como antes; por ejemplo, cuando al ir manejando tu para llevarme a algún lugar, escuchabas música y seguías el ritmo con tus pies; te regañaba y te decía “recuerda que los hombres no pueden hacer varias cosas a la vez”, luego, cuando te dignabas a mirarme y volteabas, posaba mis ojos en los tuyos, a la vez que te cantaba esa canción que escuchábamos; tú, con una sonrisa olvidabas el regaño.

* ¿Por qué siempre me regalas rosas en mi cumpleaños, cuando a mí me gustan los alcatraces? –me preguntaste una vez-

* Porque eres para mí lo que yo sé de ti y tú no sabes.

* ¿Qué soy para ti?

* Una piedra. A veces incandescente, a veces fría, preciosa o simple; siempre has sido como quieres ser, eso es lo que sé de ti. ¿Qué soy para ti?

* Una flor. Frágil, sabia, imperecedera en la mente de los hombre, inspiración y lozanía. Y si yo siempre fui para ti como una piedra, de esas que forman la Tierra, entonces, tú has estado adornándome todo este tiempo con tu presencia, al ser la flor que crece sobre mí.

No atine a decir nada… cuando no hay nada que decir, el silencio siempre es mejor.

Mi felicidad más grande en todos estos años –o por lo menos algo que se asemeja a una verdadera felicidad- ha consistido en disfrutar de los martes y jueves de cada semana, principalmente sus noches, en las que salimos a caminar y a leerte algunas cosas que escribo, sólo para ti.

Y ahora que me surge una oportunidad para llegar lejos, alto, tan alto como alguna vez soñamos llegar juntos, cuando firmamos con un solo beso y un profundo silencio ese contrato invisible en el cual yo sería tu ángel salvándote de tus pecados, y tu, mi demonio, incitándome a reconstruir el mundo a mi antojo; no sé que hacer. Me voy lejos de ti.

Hablando de esas noches de martes y jueves, puedo decir que no había momento en que estuviéramos más cerca, a pesar de estar separados unos metros y una vida de experiencias; hablábamos de nuestros triunfos y fracasos en el amor, cada quien por separado.

Ahora, como siempre te lo dije, debo seguir viendo hacia delante. Debo terminar esta carta y arreglarme para salir a verte, es jueves, y la cita es en una hora. Tendré que buscar otro texto, uno alternativo a éste, uno que te haga reír, llorar y sentir; porque tal vez no pueda leerte esto que escribo, así como nunca pude decirte “te quiero”. 

Salgo de casa con una sonrisa,  como esas que acostumbro a tener cada que te veo, tal vez no te lo diga el día de hoy, posponiéndolo para dentro de unos años, en que te conozca más -si eso es posible-, por lo pronto, tendré que conformarme con pedirte que no te alejes de mi.

MAYRA


De regreso…

Por motivos personales el blog se vió en un estancamiento momentaneo que ya ha pasado, ahora retomaremos el camino e intentaremos seguir en esta senda de letras y camaradas, esperemos pronto se unan los que ya estaban y los que van llegando.

En esta ocaciòn traemos un texto algo peculiar que esperemos podamos comentar para que el autor obtenga sus propias concluciones.

Una tipica mañana de sábado.

Lo primero que veo al despertar es el reloj del buró. No puedo levantarme sin saber qué hora del día es. Tengo que situarme en el espacio-tiempo para saber cuánto de vida me queda antes de volver a dormir. Luego veo la fotografía dónde salgo en Reino Aventura (antes de ser parte del monopolio) delante de la Montaña Rusa, ya tiene diez años esa foto pero me gusta tenerla ahí, me hace sentir algo bueno, inefable al verme en ella a mis inocentes nueve años. Me levanto, voy a la cocina. Del refrigerador saco un bote de leche ya abierto y me siento en la sala a ver la televisión. Como siempre, no había nada bueno para ver, así que dejé la película más reciente de Gatubela con Halle Berry, no es una gran película pero prefiero ver dar saltos a esa tremenda y suculenta mujer gato que algún tonto programa de concursos. Los sábados no hay nadie en la casa, mis padres salen a pasear, y mis hermanos estudian todo el día, así que tengo la casa para mi solo. Le subo todo el volumen a la televisión, lo regreso al normal. Voy a la recamara de mi padre, saco de su armario una caja que esconde hasta al fondo, la llevo a la mesita de la sala. La película me parece cada vez más aburrida. Saco el arma de la caja y salgo de la casa, me paro en el patio y veo si hay gente. Nadie, está desolado. Entro y mejor pongo música, le subo todo el volumen, tanto que la vajilla de mi madre, regalo de mi abuela, vibra. Me recuesto en el sillón y sigo bebiendo leche. Salgo otra vez de la casa. Nada. Me doy la vuelta y vislumbro a mi vecino. Un regordete con calvicie. Sale a observar la mañana en bóxer y playera blanca. Me saluda. Le disparo al pecho, su fea playera se llena de sangre, cae al suelo gritando, disparo otra vez, ahora a ese espacio sin cabello. Entro a la casa y le bajo a la música. Sigo viendo a esa linda gatita dar brincos y patadas por todos lados. Escucho que la vecina empieza gritar, pide auxilio. Salgo a ver qué pasa. Me dice que llame a una ambulancia porque alguien había herido a Rodolfo. No recordaba que se llamara así. Ella ve el arma. Se espanta, pero no lo suficiente, le disparo también. Cae de espaldas contra la pared de su casa, se toma la herida. ¿Qué nadie se muere el primer disparo? Pienso. Le disparo otra vez. Veo cómo algunos vecinos, llamados por ese bendito interés de saber que pasa a su alrededor, salen a ver qué sucede. Les disparo. Primero a la gordita que vive enfrente, esa si cae con el primer tiro. Luego a su madre aun más gorda que sale enseguida a cargar a su hija muerta. Tres disparos, solo le doy uno, los otros quedan el cuerpo inerte de la hija, se escapa herida y entra a la casa. Luego el vecino de un costado que sale gritando que me calme. No debe ni saber mi nombre, pienso. Con el sí descargo todo el cartucho, cale sobre la banqueta enfrente de mi casa. Entro a la casa y me siento a ver la película. Subo los pies al mueble y bebo más leche. Deberían comprar de sabor, pienso mientras veo el bote blancuzco. Extiendo la mano para conseguir más balas. Se escuchan muchos gritos afuera. Salgo a ver otra vez que sucede. Recargo el cartucho. Disparo a las personas que tratan de ayudar a la gordita y al vecino que está en mi banqueta. Les doy a dos señores más. Veo que mi vecino, con el que voy a la misma escuela se asoma por encima de la barda de su casa, le doy un tiro certero en la frente. Rayos, él me debía cincuenta pesos, pienso. Veo cómo la gente se junta frente a la casa, hasta un tortillero en su motocicleta, no debería estar aquí, le disparo, todos se apartan de él, cae junto con la moto, las tortillas se riegan por todos lados. Entro para ver que ya casi termina la película. Me recuesto. Se escuchan las torretas de las patrullas. No tarda mucho y un policía se asoma a la ventana, le disparo y se lo doy en un ojo. El vidrio se mancha de sangre.  Qué buen disparo, aunque mi madre me enojará cuándo la vea, pensé. Alguien empieza a hablarme por un altavoz. Me piden que salga desarmado. No entiendo para qué. Me asomo a la ventana y apunto cautelosamente. Aprieto el gatillo. Veo lentamente cómo el uniformado suelta el aparato y se va de espaldas. Descargo todo el cartucho en los policías que están bajando de la camioneta. Un par caen al instante, los que no, se escabullen detrás del carro. Me regresan los disparos, uno me paso muy cerca, pero el florero del centro de mesa no podrá decir lo mismo. Dejen de disparar, mi madre se va a enojar que rompieron su florero; les grito a los policías. Se detienen, me siento en el sillón, pero ya no hay leche, busco más en el refrigerador. Veo las pastillas que me dijeron que tomase todos los días al levantarme. Las agarro y las echo a la basura. Soy una persona normal, todo está bien en mí, no sé para qué me recetan cosas que no necesito, pienso.

Jesús Gallegos.

Coatzacoalcos, Veracruz

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